Cosas con la que no se juega. Ni de coña, vamos.
Francia vive estas últimas semanas la locura de una marea antisemita promovida por un ¿cómico? llamado Dieudonné, que parece haber encontrado su filón en un humor antisemita cuyas consecuencias empiezan a preocupar a más de uno. Mala cosa esa de hacer negocio fomentando el odio y el rencor contra el distinto, especialmente si este “distinto” es judío.
Para aclarar las cosas, no entiendo el racismo y no soy antisemita ni mucho menos, por mucho que no esté de acuerdo con varias cosas que, para algunos judíos son cuestiones intocables y en las que disentir significa, a sus ojos, ser antisemita; pero esa es otra cuestión. Diluir un saludo fascista reivindicando una posición antisistema, me parece cobarde y lo que es más: peligroso.
Como hemos visto en la historia y la película “La Ola” enseña, el fascismo habita siempre un oscuro rincón del alma humana lleno de odio, racismo y miedo ante el diferente al que hay que matar para calmar nuestro miedo. Es un rincón dispuesto a crecer y abarcar todo lo que ocupa la vida del hombre y busca las vías de menor resistencia para colonizar nuestro cerebro y nuestra forma de pensar.
Al ser humano se le debe admirar o rechazar por sus actos, por sus ideas y por lo que constituye su vida y sus manifestaciones, no por sus orígenes. Un imbécil cristiano, apostólico, judío o ateo se igualan en su imbecilidad, no en sus diferencias religiosas; de la misma manera que un negro, blanco o jaspeado, se iguala en sus actos y en sus ideas por encima de sus diferencias de color.
Francia se enfrenta a sus fantasmas y lucha entre dos fuerzas contrapuestas: la liberalidad ancestral de una república antigua y la necesidad de protegerse contra la amenaza fascista encarnada en la libertad de expresión. Como siempre, la víbora del fascismo incuba sus huevos en el cómodo nido de la democracia, se alimenta de sus mejores valores y acaba por destruirla. Indefensos por las virtudes de una y la traición del otro, democracia y fascismo se amagan sabiendo que siempre, siempre, ganará aquél que se aprovecha de lo mejor de una para hacer grande su traición.
Vivimos tiempos de odios viejos que adoptan formas nuevas, pero siempre volvemos al cansino lugar donde todos los ataques se perpetúan desde hace siglos: los judíos. Para ser el pueblo elegido, se lo hacemos pasar de cojones. Me parece.
















La democracia española es joven, apenas 35 años de una Constitución hoy discutida, arrinconada y con una impecable hoja de servicios, tan impecable que es la más longeva de nuestra historia y la que nos ha permitido un cambio socioeconómico astronómico. España se ha incorporado, con dos siglos de retraso, a una Europa que avanzaba sin nosotros mientras nosotros soñábamos con ella.






